Coctelería Guía

Galicia, tierra de vino

Hay lugares donde el vino es un producto más y lugares donde el vino es, de alguna manera, el propio paisaje convertido en líquido. Galicia es de los segundos. No se entiende un Albariño sin pensar en la ría que tiene delante, ni una Mencía de la Ribeira Sacra sin imaginar el cañón del Sil cayendo en terrazas hacia el río. El vino gallego no se explica del todo con datos técnicos: hay que situarlo en su territorio.

El mar está presente incluso donde no se ve. Es el que suaviza los inviernos, el que trae la lluvia que mantiene verde el paisaje todo el año, el que deja ese punto salino en los blancos de la costa. Los viñedos de Rías Baixas crecen casi a la orilla del agua, y esa cercanía se nota en cada copa: no hace falta preguntar de dónde es un vino tan directamente marino.

Tierra adentro, son los ríos los que dictan las reglas. El Miño y el Sil han excavado durante milenios los cañones donde hoy se sostiene la viticultura heroica de la Ribeira Sacra, con viñas en terrazas que solo se pueden trabajar a mano. El Avia, en Ribeiro, y el propio Sil en Valdeorras han moldeado también los valles donde se concentra buena parte de la historia vitícola gallega. Sin esos ríos no habría ni el suelo, ni el microclima, ni el paisaje que hacen posible el vino en estos lugares.

Y luego están las montañas y las pendientes, que en Galicia rara vez dejan al viticultor un terreno cómodo. Cultivar la vid aquí ha sido casi siempre un ejercicio de terquedad: laderas empinadas, parcelas pequeñas, muros de piedra sosteniendo la tierra. Esa dificultad, lejos de ser un obstáculo únicamente, es parte de lo que hace que estos vinos tengan el carácter que tienen: no son vinos fáciles de producir, y eso se nota en su complejidad.

Detrás de cada botella hay también una bodega, casi siempre familiar, muchas veces pequeña, que ha sobrevivido a la filoxera, al abandono del campo por la emigración y a décadas en las que el vino gallego no tenía el reconocimiento que tiene hoy. La recuperación de variedades autóctonas que estuvieron a punto de desaparecer —el Brancellao, el Caíño Tinto, el propio Godello en su momento— es obra de gente que decidió apostar por lo local en vez de plantar variedades más fáciles de vender.

Esa misma tierra alimenta, además, la gastronomíacon la que el vino gallego siempre se ha entendido: el marisco y el pescado de la costa, el pulpo, la empanada, el queixo de Tetilla, los guisos de interior. El vino y la mesa gallega no se piensan por separado; se piensan juntos, y ese es quizá el motivo por el que tantos de estos vinos funcionan mejor acompañando un plato que bebidos solos.

Todo esto —el mar, los ríos, las montañas, las bodegas, la mesa— es lo que hace que el vino gallego no sea simplemente una bebida con denominación de origen, sino una forma de conocer Galicia. Cada copa cuenta algo del territorio del que viene: su clima, su historia, la gente que ha decidido seguir cultivando la vid en las laderas más difíciles solo porque el resultado merece la pena.

En Coctelería Guía hemos intentado contar esa historia con criterio, sin fórmulas fáciles ni datos inventados: la geografía, la historia documentada, las denominaciones, las uvas y los maridajes que hacen del vino gallego uno de los más singulares que se pueden encontrar hoy en una copa.